• Nuria

LO QUE APRENDÍ DE UN JAZMÍN


Tengo un jazmín en el jardín. Hace ya un tiempo que lo compré, entonces no superaba el medio metro de altura y tenía algunas flores que se secaron y cayeron a las pocas semanas y no volvió a florecer.

Lo trasplanté a una maceta mayor y lo coloqué de tal forma que pudiera ir guiando sus ramas para que se enredaran alrededor de una de las columnas del porche de la entrada a casa.

Durante estos años lo he cuidado lo mejor que he sabido, regándolo, abonando la tierra, retirando las hojas secas y colocando cuidadosamente las ramas para que encontraran su camino alrededor de la columna.


A día de hoy está precioso, al menos a mí me lo parece, rodea la columna y está lleno de capullos blancos y rosados pendientes de florecer.


Me gusta tomar un té por la mañana, sentada en la puerta de casa, así que he pasado largos ratos observando entre otras plantas y árboles, el jazmín.


Observar la naturaleza, la pequeña muestra de la misma que contiene el jardín, me ayuda a serenar la mente y relajar el cuerpo. Es como si me invitara a comprender el ritmo natural de la vida, que las cosas suceden en el momento adecuado, ni antes ni después. Eso me ayuda a observar mis prisas y mis expectativas en la vida en general.


Observo las prisas y las expectativas al desear que el jazmín florezca ya, para poder disfrutar de la belleza las flores, del aroma de las mismas. Pasan los días y los capullos de flor siguen cerrados, así que me sonrío y pienso...”Si es que por más que quieras, no va a florecer antes” y no sólo eso, es que por más que lo haya cuidado con todo el cariño y la atención, puede que no florezca. Eso no depende de mí, obvio que es importante, pero entran en juego otros factores como las inclemencias del tiempo, que no lo está poniendo fácil.

Así que antes de que haya ocurrido nada ya tengo una expectativa puesta sobre la planta, una expectativa de que mis cuidados han de tener un determinado resultado.

Lo que me lleva a plantearme, que los resultados no son siempre dependientes de las acciones, pero podemos hacer que la actitud permanezca intacta.


¿Acaso voy a dejar de cuidar y querer a mi planta si ésta no florece?


La actitud de cuidado cariñoso puede influir positivamente, pero no necesariamente determinará el resultado y sin embargo mantener dicha actitud es algo que en última instancia me beneficia a mí misma, me nutre y me mantiene conectada.


Trasladando este ejemplo a la vida real, podemos darnos cuenta de cuántas expectativas tenemos puestas sobre otras personas. Cuando nos relacionamos, esperamos algo del otro.

Si hacemos determinadas cosas por alguien , esperamos que el otro nos corresponda, nos agradezca, nos reconozca, en definitiva nos quiera. Ya sea desde dejar pasar a alguien y esperar un gracias o una sonrisa, a esperar ser reconocido o querido por cuidar a alguien que lo necesita.


Y además esperamos que el otro se adapte a lo que consideramos que es adecuado, correcto, oportuno (desde nuestra percepción de la realidad, claro), que sea tal y como nosotros queremos, es decir, esperamos que “florezca” porque lo hemos “regado, abonado...”


Esas expectativas, si lo pensamos bien, sólo generan malestar y tensión, pues pretendemos que las cosas sean de una determinada manera, y muchas veces (por no decir la mayoría) no ocurre así, de modo que estamos resistiéndonos a la realidad tal y como es y esa resistencia se traduce en el cuerpo en forma de tensión muscular, de nudo en el estómago, sensación de contracción o cierre corporal.


Podemos entonces empezar a reflexionar sobre la intención con la que hacemos las cosas, ¿para qué estoy haciendo esta acción? ¿Va a reportar un beneficio para mí o para el otro?


Lo que nos lleva a explorar: ¿qué estoy esperando al actuar así?,¿desde donde estoy cuidando o acompañando?, ¿desde mi necesidad de reconocimiento?, ¿por qué necesito ese reconocimiento? Y podemos obtener respuestas que tengan que ver con el ego, con el miedo, la coraza. O bien podemos observar si actuamos desde el corazón, teniendo al otro presente, su bienestar, su felicidad, donde el miedo no tiene cabida y tampoco el ego.

Así que la intención determinará la actitud que adoptemos que bien puede ser egocéntrica y desde el miedo o amorosa y desde el corazón.


Aunque la acción sea la misma y el resultado no dependa de nosotros, realizarla con una u otra actitud, motivada a su vez por una intención clara, va a tener una repercusión en nosotros y en cómo nos sentimos. Y curiosamente cuando el foco de nuestra atención está en el otro, experimentamos mayor beneficio a nivel emocional y físico que si actuamos desde una intención egocéntrica.

Si tratamos de cultivar la amabilidad, la bondad, la compasión, podemos ir abriendo el corazón cada vez más y actuar desde un lugar más auténtico, que tiene poco que ver con las necesidades del ego y con el miedo.

Y si ponemos atención en la intención, en el para qué hago las cosas, podemos estar más en contacto con esa actitud que viene del corazón.

Teniéndola presente puede resultar más fácil soltar las expectativas y aceptar que la vida sigue su curso al ritmo que toca, por más que queramos que sea de otro modo, y esa aceptación también va a traducirse en el cuerpo, por ejemplo en forma de relajación muscular, de sensación de expansión o ligereza, calidez en el pecho. Y aparece además un sentimiento de agradecimiento cuando las cosas “van bien” y no estabas esperándolo o dándolo por hecho.



Un abrazo, Nuria.





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